
Reciba, quién ahora lee, un fraternal saludo de su servidor y amigo. Hace poco, uno de mis más queridos amigos y hermano en la Fé cristiana desde hace más de 20 años, Waldemar Centeno Díaz, me mando leer unos versículos de las Santas Escrituras. Esa orientación lejos de provocar alguna reacción en mí, me confirmó muchas cosas, pero la más importante: el llamado a ser obreros en el Reino de Dios y la vocación de servicio por nuestros hermanos en muchos de nosotros aún sigue ahí, viva e incólume, a pesar de tantos años transcurridos e independientemente del rumbo por el que la vida nos ha llevado.
He podido constatar que existen muchas dudas y muchos recelos, entre muchos de los que yo considero mis hermanos en la experiencia HDD. Lo anormal sería que no los existiesen, dada nuestra condición de seres pensantes, reflexivos, analíticos. Hoy, está muy lejos, en el tiempo, la etapa juvenil en la cual muchos de nosotros fuimos convocados. Hoy somos adultos, con ocupaciones muy específicas, con familia e hijos. Viviendo muchos no en Nicaragua. Es decir, se concluye fácilmente que las premisas para retomar el proyecto Hijos de Dios desde sus percepciones iníciales es, sencillamente, una utopía. De ello estamos convencidos todos.
Por otro lado, la práctica individual o hasta familiar de nuestra Fé cristiana se ha transformado inevitablemente. El crecimiento natural, cronológico de cada uno de nosotros, ha conllevado inobjetablemente una transformación de nuestra visión y ejercicio de los hábitos adquiridos en las primeras etapas de convivencia cristiana. Sin duda, el testimonio se lleva a cabo en nuestros hogares, con la esposa (o) e hijos, si así fuese el caso, para los que hemos optado por el sacramento del matrimonio y los que aún no, en los hogares, extensivo al lugar de trabajo. O en el peor de los casos, se ha metido en el congelador el llamado de Jesús para un mejor momento. Definitivamente, tenemos la libertad de la selección múltiple.
Pero a mí, personalmente me inquieta el desenvolvimiento de la sociedad de la cuál somos parte. Cuando nació mi primer hijo, yo estaba demasiado joven aún y mi tiempo lo ocupaba enteramente mi profesión de Profesor Universitario y los vericuetos de mi primer matrimonio. El divorcio me dejo dos hijos más y una indiscutible obsesión por mi trabajo. Quiero insistir en que aún mis tres primeros hijos estaban demasiadamente chicos. Luego, la oportunidad de un Master in Science y un PhD se convirtió en mi segundo matrimonio y un hijo más y radicar definitivamente en un hermoso y bello país. Mi hogar: México. Ahora, mis hijos son ya adolescentes y el menor se enrumba hacia su adolescencia. Es decir, las preocupaciones por la incidencias de la juventud actual, en la que están creciendo mis hijos, han aflorado en el rostro de cada uno de ellos.
La sociedad en su interminable desarrollo trae consigo consecuencias, sea nicaragüense, mexicana o estadunidense, muchas veces inevitables, como lo son: la pornografía en todas sus facetas y de acceso ilimitado por la web; el libre acceso a drogas cada vez más enajenantes y destructivas; la exposición a grupos radicales y militantes que trafican estupefacientes y reclutan a jóvenes cada vez de menor edad para incitarlos a la adicción y al comercio; la incitación al consumo desmedido de alcohol desde la televisión, desde las revistas, desde el cine, desde todas las ventanas mediáticas a las que podemos acceder; la provocación mediática por el sexo irresponsable, vano, de indudables connotaciones de pura y explicita satisfacción; la invitación plena a adherirse a filosofías que procurar desmitificar los principios cristianos y rendir culto a ideologías que no tienen fundamento de ningún tipo. Ustedes y sus familias, yo y mi familia, estamos conviviendo entre los flujos encontrados de este violento tsunami que en algún momento se llevará entre su enardecida y alocada marejada a alguno de los nuestros o a alguno de nosotros, inclusive.
¿Qué hacemos los cristianos para combatir a los enemigos que atentan contra nuestra Sociedad? Probablemente muchos responderemos que esos son temas de la agenda de los gobiernos y que la inseguridad que hoy vivimos es consecuencia de la corrupción que padecen todos los estratos de la misma sociedad, incluida la cristiandad. Y yo respondería: saben qué… tienen razón… eso es competencia de todo eso que ustedes enumeran. Y volvería a preguntar: ¿Y qué haremos cuando muera por alguna de las razones enlistadas anteriormente un hijo, un amigo, un hermano, o un padre de familia? La verdad, no tengo respuesta para esa interrogante. Lo que si tengo es una inquietud creciente en que algo debo hacer.
Hoy estoy convencido que los principios cristianos han servido de fundamentos racionales para la mayoría de toma de decisiones por las que he optado a lo largo de mi vida. Esta toma de decisiones, en la mayoría de las ocasiones, han sido acompañadas de una oración dirigida a Dios, confiando en colocar en sus manos y en su voluntad, sus designios para mi vida. He procurado conducirme mediante las orientaciones que nos da el testimonio de Jesús y las Santas Escrituras, a leer como se condujeron otros Hijos de Dios, como Noé. La enseñanza del Hijo Prodigo ha sido una meditación constante, permanente, reflexiva de la cual me he asido siempre.
Estoy más que convencido que la lectura de las Sagradas Escrituras, su discernimiento y su adecuación a la vida de cada hombre, mujer, adolescente y niño, lejos de convertirlos en un adefesio religioso, procurará una transformación irreversible a lo largo de sus respectivas vidas. Es una enseñanza que nos confiere la virtud de estar conscientes de la existencia de un Ser Supremo y de cómo ha actuado a lo largo de la historia del género humano procurando se interrelacioné con amor. En las Sagradas Escrituras no he encontrado magia alguna y si acontecimientos que escapan a mi entendimiento de hoy.
La oración, desde mi propia percepción y experiencia, es una herramienta que Dios nos ha puesto a disposición para encontrarnos y encontrarlo a Él en nosotros mismos. Es un vehículo tangible desde el cual podemos participar de todas nuestras incumbencias y ventilarlas desde nuestras propias proyecciones y transferirlas hacia la vastedad, ahí donde esta Dios para escucharnos. El conocimiento que tenga de mi mismo desde la oración es la mejor manera que he encontrado para conocer al Ser Supremo que habita en cada partícula subatómica de la materia. Al cerrar mis ojos y dirigirme al Padre, desde palabras tan sencillas como: “Dios, acá esta tu siervo, dándote gracias por todo, y por todos, por todo lo bueno y por todo lo malo”, se genera un vínculo real que se desarrolla en total libertad en beneficio de mi propia comunicación con Él. Son mis momentos de reflexión, de discernimiento, de meditación. Por eso es que la oración es un regalo de Dios. Porque todas mis debilidades, carencias, interrogantes, súplicas y temores sucumben ante mi conocimiento, razonamiento y convencimiento de que me escucha un ser vivo.
Entonces, la lectura, discernimiento y testimonio de las Sagradas Escrituras, apoyadas por la oración, son las herramientas con las cuáles podemos transformar nuestra sociedad al enseñarles a nuestros jóvenes y a los adultos, desde la ortodoxia hasta lo vanguardista, que Dios tiene una filosofía para la vida de sus Hijos, un Procedimiento para una vida plena y está ahí, a la mano en el Manual del Fabricante: la Biblia.
Juan Espinoza Cuadra
Enero 13, 2009
México.
He podido constatar que existen muchas dudas y muchos recelos, entre muchos de los que yo considero mis hermanos en la experiencia HDD. Lo anormal sería que no los existiesen, dada nuestra condición de seres pensantes, reflexivos, analíticos. Hoy, está muy lejos, en el tiempo, la etapa juvenil en la cual muchos de nosotros fuimos convocados. Hoy somos adultos, con ocupaciones muy específicas, con familia e hijos. Viviendo muchos no en Nicaragua. Es decir, se concluye fácilmente que las premisas para retomar el proyecto Hijos de Dios desde sus percepciones iníciales es, sencillamente, una utopía. De ello estamos convencidos todos.
Por otro lado, la práctica individual o hasta familiar de nuestra Fé cristiana se ha transformado inevitablemente. El crecimiento natural, cronológico de cada uno de nosotros, ha conllevado inobjetablemente una transformación de nuestra visión y ejercicio de los hábitos adquiridos en las primeras etapas de convivencia cristiana. Sin duda, el testimonio se lleva a cabo en nuestros hogares, con la esposa (o) e hijos, si así fuese el caso, para los que hemos optado por el sacramento del matrimonio y los que aún no, en los hogares, extensivo al lugar de trabajo. O en el peor de los casos, se ha metido en el congelador el llamado de Jesús para un mejor momento. Definitivamente, tenemos la libertad de la selección múltiple.
Pero a mí, personalmente me inquieta el desenvolvimiento de la sociedad de la cuál somos parte. Cuando nació mi primer hijo, yo estaba demasiado joven aún y mi tiempo lo ocupaba enteramente mi profesión de Profesor Universitario y los vericuetos de mi primer matrimonio. El divorcio me dejo dos hijos más y una indiscutible obsesión por mi trabajo. Quiero insistir en que aún mis tres primeros hijos estaban demasiadamente chicos. Luego, la oportunidad de un Master in Science y un PhD se convirtió en mi segundo matrimonio y un hijo más y radicar definitivamente en un hermoso y bello país. Mi hogar: México. Ahora, mis hijos son ya adolescentes y el menor se enrumba hacia su adolescencia. Es decir, las preocupaciones por la incidencias de la juventud actual, en la que están creciendo mis hijos, han aflorado en el rostro de cada uno de ellos.
La sociedad en su interminable desarrollo trae consigo consecuencias, sea nicaragüense, mexicana o estadunidense, muchas veces inevitables, como lo son: la pornografía en todas sus facetas y de acceso ilimitado por la web; el libre acceso a drogas cada vez más enajenantes y destructivas; la exposición a grupos radicales y militantes que trafican estupefacientes y reclutan a jóvenes cada vez de menor edad para incitarlos a la adicción y al comercio; la incitación al consumo desmedido de alcohol desde la televisión, desde las revistas, desde el cine, desde todas las ventanas mediáticas a las que podemos acceder; la provocación mediática por el sexo irresponsable, vano, de indudables connotaciones de pura y explicita satisfacción; la invitación plena a adherirse a filosofías que procurar desmitificar los principios cristianos y rendir culto a ideologías que no tienen fundamento de ningún tipo. Ustedes y sus familias, yo y mi familia, estamos conviviendo entre los flujos encontrados de este violento tsunami que en algún momento se llevará entre su enardecida y alocada marejada a alguno de los nuestros o a alguno de nosotros, inclusive.
¿Qué hacemos los cristianos para combatir a los enemigos que atentan contra nuestra Sociedad? Probablemente muchos responderemos que esos son temas de la agenda de los gobiernos y que la inseguridad que hoy vivimos es consecuencia de la corrupción que padecen todos los estratos de la misma sociedad, incluida la cristiandad. Y yo respondería: saben qué… tienen razón… eso es competencia de todo eso que ustedes enumeran. Y volvería a preguntar: ¿Y qué haremos cuando muera por alguna de las razones enlistadas anteriormente un hijo, un amigo, un hermano, o un padre de familia? La verdad, no tengo respuesta para esa interrogante. Lo que si tengo es una inquietud creciente en que algo debo hacer.
Hoy estoy convencido que los principios cristianos han servido de fundamentos racionales para la mayoría de toma de decisiones por las que he optado a lo largo de mi vida. Esta toma de decisiones, en la mayoría de las ocasiones, han sido acompañadas de una oración dirigida a Dios, confiando en colocar en sus manos y en su voluntad, sus designios para mi vida. He procurado conducirme mediante las orientaciones que nos da el testimonio de Jesús y las Santas Escrituras, a leer como se condujeron otros Hijos de Dios, como Noé. La enseñanza del Hijo Prodigo ha sido una meditación constante, permanente, reflexiva de la cual me he asido siempre.
Estoy más que convencido que la lectura de las Sagradas Escrituras, su discernimiento y su adecuación a la vida de cada hombre, mujer, adolescente y niño, lejos de convertirlos en un adefesio religioso, procurará una transformación irreversible a lo largo de sus respectivas vidas. Es una enseñanza que nos confiere la virtud de estar conscientes de la existencia de un Ser Supremo y de cómo ha actuado a lo largo de la historia del género humano procurando se interrelacioné con amor. En las Sagradas Escrituras no he encontrado magia alguna y si acontecimientos que escapan a mi entendimiento de hoy.
La oración, desde mi propia percepción y experiencia, es una herramienta que Dios nos ha puesto a disposición para encontrarnos y encontrarlo a Él en nosotros mismos. Es un vehículo tangible desde el cual podemos participar de todas nuestras incumbencias y ventilarlas desde nuestras propias proyecciones y transferirlas hacia la vastedad, ahí donde esta Dios para escucharnos. El conocimiento que tenga de mi mismo desde la oración es la mejor manera que he encontrado para conocer al Ser Supremo que habita en cada partícula subatómica de la materia. Al cerrar mis ojos y dirigirme al Padre, desde palabras tan sencillas como: “Dios, acá esta tu siervo, dándote gracias por todo, y por todos, por todo lo bueno y por todo lo malo”, se genera un vínculo real que se desarrolla en total libertad en beneficio de mi propia comunicación con Él. Son mis momentos de reflexión, de discernimiento, de meditación. Por eso es que la oración es un regalo de Dios. Porque todas mis debilidades, carencias, interrogantes, súplicas y temores sucumben ante mi conocimiento, razonamiento y convencimiento de que me escucha un ser vivo.
Entonces, la lectura, discernimiento y testimonio de las Sagradas Escrituras, apoyadas por la oración, son las herramientas con las cuáles podemos transformar nuestra sociedad al enseñarles a nuestros jóvenes y a los adultos, desde la ortodoxia hasta lo vanguardista, que Dios tiene una filosofía para la vida de sus Hijos, un Procedimiento para una vida plena y está ahí, a la mano en el Manual del Fabricante: la Biblia.
Juan Espinoza Cuadra
Enero 13, 2009
México.
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