
¿Qué pasará, según ustedes, si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se extravía? ¿No dejará las noventa y nueve en los cerros para ir a buscar la extraviada? Y si logra encontrarla, yo les digo que ésta le dará más alegría que las noventa y nueve que no se extraviaron. Pasa lo mismo donde el Padre de ustedes, el Padre del Cielo: allá no quieren que se pierda ni tan sólo uno de estos pequeñitos. Mateo 18, 12-14.
Ocurren muchas circunstancias en la vida de hombres y mujeres, jóvenes o adultos, comprometidos con una causa cristiana, que motivan algún tipo de deserción. La renuncia inducida o espontánea tiene diversos matices. No es un fenómeno de extremos, iniciado en el blanco y sin transiciones pasado al negro. No. Además, ¿cuántas renuncias a una práctica devocional le son permitidas al llamado cristiano militante? Probablemente muchas, puede ser ninguna. A fin de cuentas, en el juzgado personal, donde somos fiscal, abogado defensor y juez, el veredicto es privado y personal. De este dictamen depende nuestra relación con los demás y la más importante, la reciprocidad con Jesús. Muchos de nosotros en algún momento de nuestra juventud o adultez hemos tenido que perdernos, en el sentido de apartarnos de un formato de práctica habitual de las enseñanzas cristianas. La opción de regresar a éstas es una decisión de implícito carácter personal. Pero… ¿será que las prácticas a las que hemos renunciado son las correctas, vamos, las adecuadas para el crecimiento individual? Cada uno de nosotros tiene la labor de discernirlo.
Los cristianos hemos recibido un llamado en alguna etapa de nuestra vida. Y ese llamado ha traído con él, una etiqueta personal y en ella, un plan de actividades. Recuerdo muy bien mi llamado cuando tenía aproximadamente 16 años. Esta convocatoria tuvo un entorno matizado por mi aún desarrollo como joven. A esa edad soñamos aún despiertos y nos asumimos inmortales ante los retos, peligros y acertijos de la vida. Además, tomamos pinceles y adornamos de los matices más exuberantes los acontecimientos que discurren con total normalidad a los ojos de los adultos. Los amigos juegan un rol importante en la construcción de los castillos de arena. Mi gran amigo del colegio La Salle Waldemar Centeno Díaz fue también un convicto cómplice en establecer las conexiones más inverosímiles entre la realidad y la fantasía por esos años. Por las tardes en su casa o en la mía, oyendo música, leyendo algún libro o discutiendo febrilmente las más novedosas derivaciones filosóficas en cuánto al desenvolvimiento del mundo, Dios ya actuaba en nosotros. Hoy estoy convencido. Dios preparaba el terreno para utilizarnos como instrumentos para una de sus obras.
Y la obra se construyó y muchos de los obreros fuimos extraviados. Se nos traspapelaron los roles en una ventisca que no pudimos evadir y el propósito era acudir a Dios desde una posición desamparada de la vestidura de inamovible que se nos concedió al ser los pioneros de su nueva empresa Comunidad Cristiana Hijos de Dios. En mis posteriores discernimientos y reflexiones muchos años después de mi desvió de ese mandato, en oración he sentido paz. Y caminando a solas en mañanas de fulguroso Sol y en tardes de suaves ventiscas orando a Jesús he podido sentir sus palabras de consuelo y he percibido sus palmadas de amistad en mi hombro. Recién mi desalineación de este cuerpo de oración me pregunté insistentemente los porqués para encontrar solamente un calmo silencio a mis interrogantes. A través de la calma Jesús comenzaba a explicarme las razones, esclarecimiento que duraría muchos años en terminar.
Años atrás pensé en uno de los hermanos que Dios utilizó para llevar a cabo su plan de retiro para mí y sentí tristeza. Sentí tristeza porque hasta tarde comprendí que solo somos instrumentos en las manos de un Ser Todopoderoso que únicamente procura el bien para nosotros, y que no tuve la capacidad ni la humildad para reconocerlo entonces. Me extravié en la soberbia y la autosuficiencia y a pesar de ello, Jesús dejo pastando a las noventa y nueve ovejas de la Comunidad de Hijos de Dios de esos años y se sentó a mi lado y me tomo en sus brazos y llevándome a su pecho, al oído me dijo nuevamente lo mucho que me amaba.
No hubo más Comunidades Cristianas que fundar y sí instituir los cimientos de lo que sería mi vida a partir de entonces. Jesús se convirtió en el definidor de mis conceptos de extravíos y tomándome de la mano me enrumbo hacia nuevos derroteros.
Juan Espinoza Cuadra
Marzo de 2009
México
Ocurren muchas circunstancias en la vida de hombres y mujeres, jóvenes o adultos, comprometidos con una causa cristiana, que motivan algún tipo de deserción. La renuncia inducida o espontánea tiene diversos matices. No es un fenómeno de extremos, iniciado en el blanco y sin transiciones pasado al negro. No. Además, ¿cuántas renuncias a una práctica devocional le son permitidas al llamado cristiano militante? Probablemente muchas, puede ser ninguna. A fin de cuentas, en el juzgado personal, donde somos fiscal, abogado defensor y juez, el veredicto es privado y personal. De este dictamen depende nuestra relación con los demás y la más importante, la reciprocidad con Jesús. Muchos de nosotros en algún momento de nuestra juventud o adultez hemos tenido que perdernos, en el sentido de apartarnos de un formato de práctica habitual de las enseñanzas cristianas. La opción de regresar a éstas es una decisión de implícito carácter personal. Pero… ¿será que las prácticas a las que hemos renunciado son las correctas, vamos, las adecuadas para el crecimiento individual? Cada uno de nosotros tiene la labor de discernirlo.
Los cristianos hemos recibido un llamado en alguna etapa de nuestra vida. Y ese llamado ha traído con él, una etiqueta personal y en ella, un plan de actividades. Recuerdo muy bien mi llamado cuando tenía aproximadamente 16 años. Esta convocatoria tuvo un entorno matizado por mi aún desarrollo como joven. A esa edad soñamos aún despiertos y nos asumimos inmortales ante los retos, peligros y acertijos de la vida. Además, tomamos pinceles y adornamos de los matices más exuberantes los acontecimientos que discurren con total normalidad a los ojos de los adultos. Los amigos juegan un rol importante en la construcción de los castillos de arena. Mi gran amigo del colegio La Salle Waldemar Centeno Díaz fue también un convicto cómplice en establecer las conexiones más inverosímiles entre la realidad y la fantasía por esos años. Por las tardes en su casa o en la mía, oyendo música, leyendo algún libro o discutiendo febrilmente las más novedosas derivaciones filosóficas en cuánto al desenvolvimiento del mundo, Dios ya actuaba en nosotros. Hoy estoy convencido. Dios preparaba el terreno para utilizarnos como instrumentos para una de sus obras.
Y la obra se construyó y muchos de los obreros fuimos extraviados. Se nos traspapelaron los roles en una ventisca que no pudimos evadir y el propósito era acudir a Dios desde una posición desamparada de la vestidura de inamovible que se nos concedió al ser los pioneros de su nueva empresa Comunidad Cristiana Hijos de Dios. En mis posteriores discernimientos y reflexiones muchos años después de mi desvió de ese mandato, en oración he sentido paz. Y caminando a solas en mañanas de fulguroso Sol y en tardes de suaves ventiscas orando a Jesús he podido sentir sus palabras de consuelo y he percibido sus palmadas de amistad en mi hombro. Recién mi desalineación de este cuerpo de oración me pregunté insistentemente los porqués para encontrar solamente un calmo silencio a mis interrogantes. A través de la calma Jesús comenzaba a explicarme las razones, esclarecimiento que duraría muchos años en terminar.
Años atrás pensé en uno de los hermanos que Dios utilizó para llevar a cabo su plan de retiro para mí y sentí tristeza. Sentí tristeza porque hasta tarde comprendí que solo somos instrumentos en las manos de un Ser Todopoderoso que únicamente procura el bien para nosotros, y que no tuve la capacidad ni la humildad para reconocerlo entonces. Me extravié en la soberbia y la autosuficiencia y a pesar de ello, Jesús dejo pastando a las noventa y nueve ovejas de la Comunidad de Hijos de Dios de esos años y se sentó a mi lado y me tomo en sus brazos y llevándome a su pecho, al oído me dijo nuevamente lo mucho que me amaba.
No hubo más Comunidades Cristianas que fundar y sí instituir los cimientos de lo que sería mi vida a partir de entonces. Jesús se convirtió en el definidor de mis conceptos de extravíos y tomándome de la mano me enrumbo hacia nuevos derroteros.
Juan Espinoza Cuadra
Marzo de 2009
México
1 comentario:
Los Hijos de Dios fue el tiempo cuando el Señor sembró en mi ser sus intenciones para mí. Esos objetivos sin embargo, no iban a florecer hasta que el tiempo fuera propicio y tuviera la experiencia de vida necesaria para poderlos aplicar. Mientras yo no adquiriera cierta madurez, yo era incapaz de saber que hacer con los instrumentos que "aliñó" el Señor en la valija para mí.
Por mucho tiempo yo no entendí porque el Señor me había alejado de la comunidad y pasé muchos años resentida, pero fui comprendiendo todo cuando el tiempo pasó y todo aquello vivido fue teniendo sentido. Las charlas de perdón, por ejemplo, explotaron cuando menos lo esperaba 15, 20 años despues de haberlas escuchado. Claro! Tenía que vivir primero, experimentar, alejarme, pecar, sufrir o amar lo suficiente para que todo tuviera sentido. Yo ya había empacado, por decirlo así, lo suficiente en aquellos tiempos. Ya las enseñanzas para mi misión en esta tierra (o por lo menos para los años posteriores) habían sido dadas. Ya no había nada más que hacer en ese momento. La "repartición" había acabado, por lo menos en aquel tiempo. Por eso tenía que seguir mi camino.
Poco a poco todos esos objetivos han ido saliendo a la luz, y es hermoso lo que voy viendo nacer cada día.
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